Poesía · Canto
Último canto junto al muelle
Aquí estoy, desangrándome en la madera vieja de este muelle sin nombre, donde el mar canta su salmodia perpetua, y las gaviotas rasgan el crepúsculo como cartas que nadie quiso leer.
El frío ha trepado mis huesos como hiedra, y esta herida que mana su rojo lenguaje es mi última palabra escrita en carne viva. Mas no lloro, no imploro, no reniego. Canto.
Canto a la infancia que fui, a las manos de mi madre untadas de pan tibio, a su voz de alhelíes que decía mi nombre como quien bendice un instante.
Canto a la ciudad de tejados marchitos, a la esquina donde esperé los amores que no llegaron, a las mujeres de cabelleras infinitas que olían a tristeza y a gardenias, y que me dejaron cicatrices dulces bajo la piel de la memoria.
Canto a las tabernas donde brindé con desconocidos que nombraban dioses antiguos entre tragos, a las madrugadas de ventanas empañadas, al humo, al vino, al relámpago que alguna vez cruzó mi pecho sin avisar.
Canto a los amigos que partieron sin dejar más que nombres rotos y carcajadas viejas, y a las palabras que nunca pronuncié por miedo a que pesaran demasiado.
Ah… y canto a la mar, eterna, incansable, amante cruel, que me escuchó llorar canciones de sal y de derrota, que ahora lame mis pies moribundos como loba que reconoce a su cachorro vencido.
¿Dónde van los hombres como yo? Los que se vacían en cantos y heridas, los que encienden sus días y los consumen como antorchas ciegas.
Quizá en alguna orilla de niebla y olvido me espere la sombra de mi padre o el perro fiel que me acompañó de niño. O tal vez me disuelva en la bruma como un nombre que nadie pronuncia ya.
Pero antes, antes de que esta última gota me abandone, quiero decir que amé. Que fui un hombre sencillo, un peregrino de sueños torpes, y que en cada verso dejé un pedazo de mí, como quien siembra migas en el sendero de regreso a casa.
Ahora, que el agua parece más negra, y las luces de la ciudad parpadean como mortecinas, canto a la vida, porque fue mía.
Y porque ninguna muerte podrá negar que yo la bebí a tragos violentos, que me manché de ella y que aún aquí —roto, solo, desangrado— la sigo nombrando. La sigo amando.