Poesía · Obra compuesta
Contra la nada, la belleza

Sutil
El café humea: la tarde se arrastra cargada de objetos.
Tu risa, un sonido bajo para las cosas.
¿Qué guardas en el silencio que me ofreces a veces?
Un eco, una sombra que pasa por dentro.
Tocas el pocillo como si el gesto pudiera salvarme.
Y yo te miro desde el borde del día intentando leer la luz que se te posa.
No sé decir… pero en lo quieto algo se entiende.
Y es ahí, donde todo calla que casi sé hablarte pero no el idioma.
La sombra de una palabra
Te busco en la luz muerta, en un pocillo frío, y en los nombres que ya no.
Hay un silencio de pájaros en mi piel sin cielo, una ausencia que no tiene cuerpo porque nadie la nombra.
Me he vuelto lluvia sin ojos, y una voz que no recuerda a quién estaba llamando.
No sé dónde empieza el olvido, ni en qué rincón dejé mis manos.
Solo sé que algo falta algo que era yo y ahora no está.
Cuerpos
Los cuerpos andan. Caminan sin peso. Sin furia. Sin una memoria que los devuelva.
Los cuerpos hacen. Doblan la ropa. Llenan los vasos. Repiten el menú.
Los cuerpos callan. Se sientan en la mesa. Se levantan temprano. Se despiden de boca.
Los cuerpos olvidan. Un día ya no recuerdan si alguna vez ardió la sangre.
Los cuerpos siguen. Cruzan calles sin mirar. Leen palabras. Se apagan como luces.
Los cuerpos mueren. Preparando café. Repitiendo nombres. Sentándose a esperar.
Sin horizonte
Otra vez la sombra sobre la sombra, otra vez la luz marchita de la lámpara que apenas toca el día inmóvil.
Llueve adentro, en las paredes mudas, en la ropa tirada, en el cuerpo suspendido en la trampa de las horas.
La mesa vacía, la silla intacta, el mismo sopor de la tarde detenida.
No hay viento ni río ni pájaros desesperados rompiendo la piel del cielo.
Solo la espera ciega, la espera abierta en canal, la espera como un lecho tibio de la muerte más pequeña.
Nadie llama, nadie cruza, nadie dice la palabra justa.
Y aquí sigo, con la boca ausente y estas manos rotas que escriben solo ruido.
Un latido
No hay sino el peso de las horas, su paso informe, su herida muda.
No hay sino el eco de un latido que no es mío ni de nadie.
El mundo es solo un gesto vacío, deshabitado, la sombra de un árbol que no existe, la caricia de un dios que jamás estuvo aquí.
Ni siquiera el silencio, porque él también hace ruido de su presencia.
Solo un cuerpo apenas, una grieta en el aire, una sombra que no proyecta forma.
El absurdo baila su danza macabra con fe en la nada.
La fiesta del absurdo
No hay más luz que la que inventan los necios cuando cierran los ojos.
Dicen que el sol existe, que su tibieza nos pertenece, pero yo solo siento el hielo de una planta demasiado larga.
La ciudad canta su himno de motores y alabanzas, un himno sin dioses ni héroes, y yo, con mi voz gastada, debo aplaudir el espectáculo.
¡Qué maravilla de sociedad! En la fiesta del absurdo, brindamos por futuros que no llegan. ¡Salud! Me digo mientras el vaso se estrella contra la mesa del tiempo.
Aún existe la belleza
La luz toca el filo de la hoja como si quisiera existir.
Se aferra a lo imposible: a la transparencia efímera de un gesto que viene.
El agua muere en la arena con la dulzura de quien renuncia sin siquiera llorar, es su modo de decir adiós: un susurro que no traduce.
Todo fútil: la espera, la búsqueda, el roce en la piel que ya no siente, el incendio de la voz que nunca fue escuchar.
Pero aún existe la belleza como una ráfaga que corta el aire, como un pájaro que cae sin detener el vuelco.
Es por eso que nos hundimos en la luz, aunque nos queme las manos.
Contra la nada
Nada avanza, nada calla, nada tiembla en su noche.
Y yo, tan solo como la idea de un dios muerto, tan lleno de huesos como fracturada la memoria, me alzo en la rebelión del grito.
Rompo las paredes, quemo las puertas que nadie cruza, deshago los márgenes de la sombra, para ser alguien contra la nada.
Muerdo el aire, bebo el frío, le grito a la tiniebla con la boca rota.
No me rindo, no me fundo, no acabo en el hueco que el tiempo cava con su pulso.
Si la nada me viste desgarro sus telas, sí me llama grito más fuerte, sí me abraza salto fuera de su abrazo como quien huye de un amor que no es amor.
Y así, desnudo en la intemperie, sin nada en la piel más que este fuego que insiste, que arde, que es mi último intento de ser, veré la isla.