Poesía · Canto

Canto a la muerte que danza bajo el alba

¡Oh Muerte! Dama antigua de los huesos sonoros, que calzas los abismos con sandalias de niebla, que llevas en tu aliento el perfume de eternos jardines marchitados y astros que se quiebran.

Vuelves en cada canto, en cada copa alzada, en el clamor secreto de los labios que tiemblan; habitas en la carne que palidece y cede, y en los relojes viejos que ya no dan la hora. Te he visto en las corolas que caen bajo el viento, en las tardes sin nombre, en los espejos rotos, en los ojos de aquellos que ya no esperan nada, y en la palabra última que susurra en los mortales.

Eres la dama pálida que abraza sin deseo, la viajera sin patria, sin edad y sin rostro, que deja en cada pecho su beso de ceniza, y arrulla las gargantas con cánticos de lodo.

Fuiste diosa en los templos que erigió el hombre antiguo, vestida con coronas de hiedra y de azucenas, y fuiste una doncella de pies descalzos, muda, que danza por los campos en las noches sin luna.

Te llamaron Proserpina, Coatlicue, Hécate, Reina de las umbrías, Señora de las sombras, y hoy caminas callada por las calles humanas, con tu harpa de silencios y tu manto sin horas.

¡Oh Muerte! Vieja amante de los poetas ebrios, que brindan por tu nombre en tabernas oscuras. Ven, siembra en mis pupilas tu mirada de abismo, y deja que mi canto se disuelva en tus dunas. Porque todo es un soplo, un grano que se escurre, un astro que titila y al fin cae sin ruido. Y tú serás la única que al fin recoja el canto, la voz que se resguarda en tus manos de olvido.

No temo a tu presencia, ni al hueco de tu boca, ni al frío que prometes ni al silencio infinito, pues eres la canción que algún dios ha compuesto, y al danzar con tus dedos todo encuentra sentido.

¡Oh Muerte! Que me aguardas al filo de la brisa, haz de mi cuerpo estatua, de mi sombra ceniza, y escribe entre mis huesos la última palabra, la que nunca se dice… y que a todos abraza.