Poesía · Canto

Márgenes de lo irremediable

I

Yo no sé si alguno me comprende, si alguien descifra el signo indeleble de este verbo que callo. Si alguno ha sentido la tregua sagrada que ocurre cuando todo parece romperse, y uno rueda también, sin quererlo, como piedra de río que no sabe quebrarse pero tampoco se detiene.

Como la flor que se abre entre el cultivo, sin saber cómo ni por qué, ni para qué mano.

Como una amante antigua que entre dientes murmura una canción olvidada a los dioses y guarda en su cántaro las palabras prohibidas, las notas clandestinas, los pies desnudos, y acaso un vino triste.

Hubo una vez que Artemisia fue mi barca errante, mi refugio precario en la tormenta. Flotábamos juntos en la misma agua Mármara, bebíamos del mismo charco impuro, pero ella alcanzó las tierras del Bósforo y yo… yo me hundí en Egeo.

II

Deseé más de lo que se puede desear, y quise arrancarle respuestas al silencio, y abrazar una estatua rota, y levantar un altar en un pantano.

Mas mis actos fueron inermes, mi espíritu deleble, y esta estancia, este nombre que no pronuncio más, esta sombra que soy, se me desploma en las manos.

Mis brazos aprendieron su forma, su hueco exacto, su dulcísima medida, y la buscan… cuando la última luz se apaga, cuando el sabor salado es amargo, cuando los libros se revelan apócrifos y el mundo parece una baraja gastada.

Hubo un día en que su sombra cruzó la mía, devota de un libro cerrado para mí, indiferente a mi ruina. Y desde entonces… El libro, la senda, la explanada, el claro, la flor, la estatua, la piedra que rueda, la umbra que pasa, todo avanza. Todo, salvo mi calza.

III

Quedé suspendido en aquella imagen antigua, en el borde de aquel día negro, como un ídolo que nadie recuerda, como yerba que crece en la grieta de una muralla vencida, como un soplo que se extingue en el vientre del ánfora.

Y ahora, aquí, frente a la lumbre que caiga sobre mí la noche sin orillas, que descienda su manto de ceniza y de sal, que se borren los nombres, los rostros y las huellas, que se apague este canto como vela.

Y tú, allá, frente a la higuera memoria esquiva, voz que no respondiste perfume de los días que no regresarán, quédate donde quieras: en la lluvia, en las piedras, en los libros cerrados o en las bocas sin nombrar.

Que yo, guijarro que rueda, madera carcomida, hoja sin árbol, vino sin cuenco, seguiré tras mi sombra, sin saber dónde va.