Poesía · Canto
De la piedra que rueda y el nombre que calla
Memorias dormidas en los pliegues del agua, musgos que respiran en la sombra sin luz, lluvias que presienten los secretos del mundo y raíces que sueñan en la entraña sin cruz.
Venid a este poema, de la piedra que rueda y del nombre que calla su sonido ancestral, como el eco que vuelve desde ninguna parte, como el vino sin copa, como sombra sin paz.
Dadme vuestra palabra sin verbo, sin mentira, vuestra ciencia callada de siglos y de siglos, vuestro modo sencillo de aferrarse al abismo y enseñadme a vivir con las cosas sencillas.
Como la lluvia que sabe de grutas invisibles, y baja, y presiente, y humedece, y se desliza, y se mete en las hendijas de la tierra dormida y riega las palabras que jamás se pronunciaron.
Así llega el recuerdo. Así vuelve la imagen. Así me ronda tu nombre sin decir, él que se esconde detrás de los truenos y se pierde en los charcos de las calles que hollamos.
Ah, raíces profundas, ciegas, sordas, eternas, que se sueñan entre sí bajo la piel del mundo, que beben la misma savia sin verse, que se rozan en la penumbra vegetal de la tierra y que conocen mejor que los hombres la noble certidumbre de estar unidas sin enredos.
Y musgo sensitivo, que trepas donde puedes, que vives sin permiso en los rincones húmedos, que abrazas las piedras antiguas y las cubres, que ignoras la pregunta y no buscas respuesta, que no sabes del tiempo ni del hombre.
¡Dame tu ciencia callada, tu secreto sencillo! Enseñadme a quedarme donde nadie espera, a abrazar sin nombre lo que insiste en brotar, a hundirme sin miedo en la tierra sin dueño, a escuchar el silencio que respira en el mar, a saberme pequeño, a callar sin derrota, y a ser como ustedes: sin prisa, sin mal.