Ensayo · Devoración

Ver el fin

2025

En la vigilia de estos últimos cinco años, el mundo se alza como una interrogación. No es el estallido íntimo lo que aguardo, sino la deflagración global, una bomba, una guerra, el colapso irreversible. No habita en mí la paranoia, sino una dualidad cruda: el miedo entrelazado con una fascinación brutal. No anhelo la destrucción, pero el frío me recorre al pensar que aquello que he desentrañado en la abstracción, se despliegue finalmente ante mis ojos.

He esculpido mi existencia en el estudio del fin. Desde la fe ciega —pero no ciega, carezco de ella—, desde el lenguaje, la historia, la ciencia, la geopolítica, la religión comparada. Escatología, sí, al fin y al cabo, pero vista como una ruta de símbolos que se repiten a través de cada cultura. En la herejía y la ortodoxia, en lo sacro y lo oculto. Y esa ruta, con sus mil nombres, siempre señala los mismos vientos: jinetes, caos climático, el derrumbe de imperios, la inversión de polos, las señales grabadas en el cielo y en la tierra. Todo acecha, codificado, en espera.

Lo he reconocido. He visto un patrón común en todas las narrativas del fin. Las fuerzas simbólicas, mudan de forma, de idioma, pero jamás de función. Y ahora, con cada guerra que estalla, mi mirada se agudiza y me digo: ahí está, de nuevo. Lo mismo que pronunciaron siglos atrás. Solo que ahora, con esta lengua, con estos actores.

Esto no ha mermado mi vida, la ha amplificado. No me ha confinado al miedo, ha desnudado mis ojos ante el valor de lo efímero. Me ha empujado a nombrar el sentir por otros antes de que el silencio termine por devorarlo. A confesar el amor sin reservas, cuando emerge. A no anclarme en seguridad alguna. A vivir bajo la conciencia constante de lo frágil, lo incierto y lo precioso.

El fin del mundo, para mí, no es una catástrofe externa. Me cuestiona: ¿Quién sería yo si todo terminara hoy? Y la respuesta muta. A veces, más valiente. A veces, más tierno. A veces, simplemente humano.

No deseo que el mundo arda, pero si cae, exijo estar despierto. Para decirme: todo lo que comprendiste, tenía razón.

Y si no cae… seguiré mirando el horizonte, con la misma certidumbre. Porque no temo al fin, lo que me aterra es la posibilidad de no haber amado lo suficiente antes de que llegue.