Ensayo · Devoración

Por desilución

2026

La escritura es, en última instancia, una forma de higiene. No se escribe para añadir ruido al mundo, sino para restárselo. Durante años he operado sobre la realidad bajo esta condición. Me han preguntado por la oscuridad de mi mirada. Solo les digo que la sombra es necesaria. El exceso de luz, de esa luz artificial de la mercadotecnia, no permite ver el relieve de lo humano, solo sirve para volvernos romos e inofensivos. Yo prefiero el relieve. Prefiero la rugosidad del daño y su aspereza.

Habrán de entenderme cuando digo que la esperanza ya nos entregó toda su utilidad y la verdadera liberación ocurre por desilusión; ese despojo de lo innecesario que nos devuelve a lo básico. Es un proceso lento, casi imperceptible, en el que el «yo» —con sus quejas y sus vicios— se va deshaciendo en el rigor de la síntesis. Al final, no queda nada del autor ni de su herida, solo el testamento de lo vivido.

Escribir es protegerse del desgaste de vivir. Es poner una distancia técnica entre el corazón y el impacto. Si no transformara el horror en estructura, si no volviera el pánico una cuestión de estilo, hace tiempo que el aire me habría resultado irrespirable.

Detesto a los que gritan. El dolor verdadero es mudo o, a lo sumo, tiene la voz de una bisagra. Por eso he cultivado el silencio, por el respeto al lector, a quien no trato como un idiota al que hay que tomar de la mano. El lector es un hombre que debe completar el sentido con su propio criterio.

No busco salvar a nadie, pero si alguien se reconoce en lo que escribo, habré cumplido mi oficio. Al final, somos todos habitantes de un Yakutsk que no termina. Y el secreto no es buscar el sol, sino aprender a caminar sobre el hielo sin que se nos quemen los pies. O mejor aún: dejar que los pies se quemen, pero que las llagas tengan filo.