Ensayo · Devoración

No me jodan con lo del acento

2024

No, no escribo como costeño, ni hablo como uno. No tengo el ritmo que esperan. No me sale el calor local ni la risa fácil. No meto «ajá» ni «mija» ni «mi llave». Y no me da la gana de fingirlo para la complacencia de nadie. ¿Atlanticense? Sí. ¿Del Caribe? También. ¿Y qué? Eso no me obliga a escribir ni hablar como si estuviera en un carnaval eterno o en una esquina de barrio con el parlante reventado, como si eso fuera lo único que interesa en este país. Mi lenguaje es seco, otro, porque así es como siento.

¿Qué sueno más como alguien del centro? ¿Qué finjo mi acento? ¿Qué soy un costeño enclosetado? ¿Que no parezco de dónde soy? Pues lo siento. No me inventaré una identidad. No es una tarea desenmascararme, dejen la puerilidad de reclamarme un tono.

No soy regionalista. No lo he sido nunca, aunque haya nacido y crecido en Baranoa, en pleno Caribe colombiano. Y tampoco soy patriótico: no escribo para enaltecer lo local, ni me siento comprometido con representar una forma particular de hablar o de ser. Prefiero el lenguaje sin adornos folclóricos.

Mis rasgos físicos son de nobleza caribeña. De hecho, quienes recién me conocen, no sospechan de donde soy; me ven desenvolver y creen que vengo de otro lado, hasta que les digo de mi sitio. Es cierto que no me siento del todo caribeño, pero tampoco del centro ni del sur, pero –para la complacencia de algunos– sí debo parecerme a algo, es a mi tierra.

Soy simplemente colombiano.