Ensayo · Devoración

La carne de poeta

2025

El poeta, qué palabra vacía de su mística cuando se la mira de cerca, desprovista de velos. No hay en él la fiebre sagrada que ilumina senderos, ni la voz de un don secreto. Es un hombre, o mujer, que respira el mismo aire viciado, que pisa el mismo lodo de las calles parnasianas. Habita el mundo, sí, pero no a medias. Habita el mundo por completo, arrastrado por su peso.

No es un vidente que ordena el caos con palabras; es un desorientado, ciego a menudo, que tropieza con la misma piedra que el resto. Su sabiduría, si la hay, no es la de un oráculo, sino la del golpe y la caída. Se sabe sin respuestas, —un ruido más en la caverna de los tiempos— incapaz de salvar a nadie porque no se salva a sí mismo. ¿De qué serviría su canto si el mundo lo traga, si sus entrañas devoran su singularidad hasta hacerlo indistinguible del fango?

El poeta está manchado; la tinta que corre por sus versos a menudo es la misma que gotea de sus vicios. Las adicciones lo abrazan, lo mecen en una cuna de olvido o de excitación efímera. La botella, la aguja, el humo: son sus musas más fieles, tan humanas y destructivas como cualquier otra. Sus manos, las que escriben, también se cierran en puños, o acarician cuerpos con la misma urgencia animal que cualquier otro. Follan, sí, con la misma necesidad primaria, con el mismo desamparo o la misma sed carnal que el leñador, el mercader o el contable. No hay pureza inherente en su oficio.

Los poetas que nos interesan son esos, los de la carne expuesta. Los que, como Baudelaire, hunden su mirada en el spleen de las ciudades, en la fealdad del burdel y la desesperación del opio, sin la promesa de regreso. O los Rimbaud, que buscaron el fondo de lo desconocido no por elevación, sino por un desarreglo deliberado que los llevó al abismo, a una errancia sin retorno. No sembraron; ardieron. Tampoco fueron ajenos a la brutalidad de los Beat, los que aullaron la suciedad de su tiempo, la alienación y la adicción como un grito confesional, no como una profecía. Y están los Bukowski, los que exhibieron sin pudor la miseria del día a día, la borrachera, el fracaso, la soledad más cruda y la sífilis.

El poeta no es especial. Es un espejo quebrado de la humanidad, que refleja las mismas debilidades, las mismas contradicciones, los mismos deseos inconfesables. Es el mundo mismo, con sus cicatrices y sus pasiones, encarnado en un cuerpo que, como cualquier otro, envejece y se pudre. Su única verdad es la honestidad brutal de su caída, la incapacidad de huir de su propia naturaleza, de su propia carne, decadente y mortal.