Ensayo · Devoración

Alergia

2024

No resisto el ropaje exagerado del sentimiento. Escribo con austeridad por una lealtad elemental al lenguaje: me he vuelto incapaz de exagerar la emoción.

Desde mi estructura particular, el sentimentalismo es una trampa cómoda que intenta suplir la verdad con sobrecarga de emoción. Mientras que a otros la desmesura del sentir les conmociona, en mi caso ocurre lo contrario: el dolor me pide sobriedad, no sobreescritura.

Les tengo, lo sé, una especie de alergia estética a las emociones explicadas, a las obras que extorsionan el entusiasmo o el quiebre fácil del espectador con trucos de adorno previsible: la mano salvadora de último minuto, la resolución moralista, el deus ex machina de siempre. Acepto la ternura —sé bien lo que es querer—, pero no me compro el engaño.

Me resisto al empalagamiento de mi escritura. Si mueve a alguien, que lo haga por acumulación. Tal vez esto venga de la manera en que me formaron: esa tosca torpeza masculina de no saber qué hacer, ese afecto brusco atascado mientras la escena sucede.

Crecí entre mujeres. A ellas les debo mi lirismo. Las vi romperse detrás de la puerta cerrada y observé que no dejaban registro del duelo sobre la mesa.

Podría ponerme melodramático. Podría escribir lo otro, el padecimiento pletórico, la retórica virtual y ablandar al lector, pero caería en la misma repulsión que tengo frente al efectismo.

Prefiero que quien me lea termine el texto sin que pueda señalar una parte en específico, sin entender bien por qué siente algo.