Cuentos

A veces nos vamos

2024

Interior de un vagón de transporte

Eloísa Salamanca introdujo el billete en la máquina dispensadora, luego tres con cincuenta en la cafetera —Bombón, deja de jalarme el vestido—. Considerando el costo elevado por un mísero café, cogió del dispensador la botella de agua —¡Mami quiero ir al fondo! —, los dos sobrecitos de azúcar y el cambio en monedas —¿Al fondo a dónde? Mamá está ocupada—, y esperó que el vaso desechable se llenara con el líquido oscuro.

—¡Mami, quiero ir al fondo! —gritó el niño.

—¡Por dios, Nico! ¡Suelta el vestido! ¿Al fondo a dónde?

Señaló un pequeño acuario al final de la sala. Una ligera capa amarilla como de aguarrás viejo, pero lo bastante espesa, apenas dejaba ver a los peces en su interior.

—No, bombón, mamá está ocupada con algunas cosas. ¿Y la galleta? Búscala.

A unos metros de ellos en la tercera fila de asientos, el teléfono de Eloísa sonó por segunda vez en el bolsillo interno de su chaqueta.

—¡Dios! —dijo, adelantándose al niño.

El teléfono sonó una vez más, lo alcanzó y todavía leyendo el nombre en la pantalla preguntó: —¡Elena, ¿eres tú?!

—Sí, aló, si soy yo. ¿Qué te han dicho? —respondió la voz al otro lado, apenas audible por encima del murmullo de las calles.

—¡Por dios, Elena! ¡¿Ya vienes?! ¡No sé lo que hago! —dijo Eloísa con los ojos abiertos.

—Tranquila, voy lo más rápido que puedo. Estoy en el metro. ¿Nico está bien? —respondió Elena, saliendo ligeramente más clara a través del ruido.

—Sí, intranquilo, no deja de pretender cosas… ¡Bombón! Elena, tienes que saber que fue un accidente.

El niño metió sus manitas en el bolsillo de su mono y gritó orgulloso —¡Aquí la tengo! —. Estirando la galleta frente a la cara de su madre.

—¡Bombón! —volvió alzar la voz, mirando como ese pequeño y sucio disco de azúcar se había convertido en una masa uniforme.

—¡Bótala!

El metro giró por la curva de la zona industrial y las últimas franjas de luz solar, procedentes del occidente, golpearon el rostro de Elena quemado por el mar.

—¿Me pasas a Nico? —pidió.

Eloísa Salamanca asintió, como si su hermana la viera —Bombón, la tía quiere hablar contigo—. Y abriendo el bolso sacó un cigarrillo apagado.

—¡Tía Ele! —gritó Nico, sujetando el teléfono al revés con ambas manos. Las manitas del niño estaban pegajosas.

—Hola, corazón, quédate con mamá, ¿sí? No te alejes mucho.

—Mami se va ahora… yo, y, y yo quiero ir al fondo.

—No, amor. ¿A dónde va mamá? Puedes decirle a la tía.

—No sé… ¡A, a, ayer un lagarto me mordió!

—¿Un lagarto? Que miedo. ¿Me pasas a mamá, por favor?

El metro dobló por la segunda avenida. La calzada estaba llena de la muchedumbre que bajaba del estadio y el ruido ascendió por los oídos hasta volverse un punto físico.

—Tía Ele. —Eloísa le quitó el teléfono a Nico: —Elena, estoy pendiente de Nico, no va a volver a pasar. No me iba a ningún sitio, solo fui por agua, ¿Sí? ¿Qué más se puso a decir? —le reclamó a Eloísa.

Sin embargo, el aire vibraba y las palabras flotaban desorientadas por el espacio. Elena Salamanca, suspiró.

—¿Qué pasó en la escuela? —dijo.

—¿Te contó lo del lagarto?… No lo sé, lleva dos semanas contándoles a todos lo del lagarto. Escúchame, Elena, no pasará de nuevo.

Hubo un silencio. Al fondo resonaban ahogados los fragores de las calles. De sus voces. El boato del vagón se escurrió entre ellas, como si de ambas contuviera el aliento.

Elena apoyó la frente contra la ventana del metro y la vibración del vidrio le recorrió la piel. —¿Qué te han dicho sobre mamá? —preguntó al fin.

—No dejan verla.

Elena miró por la ventana. Para entonces las luces alargaban la sombra de los postes, en ese color ámbar que sólo aparece cuando el día muere con rabia, y la voz de Eloísa parecía venir desde ese resplandor, como si la arrastrara: —Ayer le dije a mamá que me iba, pero sabes cómo es… ¿Sabes qué hizo hoy?—. Ante los ojos de Elena se desenvolvió la escena de un atardecer truculento. —Me agarró. Con fuerza. Como si pudiera frenarme con las manos…—. Al otro lado de la calle, observó a un grupo de hombres con la camiseta del club local patear una rata que se les perdió entre los contenedores. —Le dije que se saliera, que no se metiera en mis cosas. ¡Por dios, Elena! ¡Le grité! No quería, pero le grité—. Sobre la plaza central el viento remolinó las últimas hojas secas de los Urapanes, y por primera vez, Elena, pensó en su madre. En aquella figura y se sintió mareada. Su imagen le llegó como un golpe seco en el pecho. Imaginó la escena, a la mujer. Sintió su angustia. Tuvo el impulso de bajar del vagón y correr, desplegarse sobre dimensiones sobrenaturales para alcanzarla, pero no lo hizo, se quedó inmóvil, tensa, en su asiento. —Te juro que no quería, no quería, pero me agarró y… y lo hice. No pensé, solo lo hice. Ricardo estaba en la entrada, y tú sabes que él… a él no le gusta esperar, no, a él no…—.

Pensó en las veces en que su madre se ajustó a lo que requería, y lo poco que realmente sabía sobre ella; la vida que había vivido, los sueños que tuvo. Y la vida se sintió distinta. Y sintió miedo, miedo de no tenerla, de no verla, de no poderla alcanzar. La figura de su madre se precipitaba al abismo, y con ella, también Elena.

—Eloísa, ¿Cómo está mamá? —la detuvo Elena.

Eloísa no dijo nada.

—¿Me escuchas?  Recuerda cuando nos contaba sus historias. ¿Me estás escuchando?… La vez, en la playa, la que queda cerca de casa, cuando nos contó cómo llegamos a su vida. Estábamos las tres sobre las rocas. ¿Lo recuerdas?… 

Eloísa siguió en silencio.

—Se mudó a la ciudad cuando eras pequeña —le recordó Elena—. Aquí conoció a mi padre. ¿Recuerdas la tienda de mamá? Te la pasabas clasificando los botones, eso decía mi madre. Ese señor se fue con todo cuando quebró.  

Eloísa seguía detenida a través de la línea.

—Alguna vez te has preguntado —continuó Elena— ¿Cómo fue la vida de mamá? Cómo fue vivirla desde adentro, los planes que tuvo. ¿Te has imaginado a mamá sin ser mamá, Eloísa?; ¿has pensado en ella?… —no hubo respuesta— ¡Eloísa! ¿Me escuchas? Quédate cerca de Nico. No te apartes de él, por favor.  ¿Me escuchas? Ya estoy cerca. Me tengo que bajar. —Elena. Colgó.

Al salir de la estación el aire frío de la noche le golpeó el cuerpo. Elena caminó con prisa, tanto como sus piernas largas le permitieron. El Hospital se levantaba como una mole gris, casi sin ventanas. Desde su llegada el aire se llenó de un olor acre y de un rastro metálico de sangre. Le resultó pesado, difícil de respirar y se mareo un poco. 

En el cobertizo de la solana, en la entrada, Elena distinguió a Eloísa rodeada por personal médico y agentes policiales. Apenas sus ojos se encontraron, Eloísa se impulsó hacia ella como una niña pequeña.

—¡Eloísa! —gritó Elena, casi tropezando sus pies. Sujetándola con todo su cuerpo.

—¡¿Está bien?! —preguntó mirando al doctor.

—Está desequilibrada —dijo uno de los doctores sin mirar—. Tuvo un colapso nervioso.

Una enfermera le ayudó a sentarla y añadió: —Se hicieron cargo del hijo, ¿Eres Elena Salamanca Murin? No se preocupe, está en el área de descanso.

Elena asintió, aunque no entendía qué hacían los agentes con las pertenencias de Eloísa. Apretó la mano de su hermana, y Eloísa sonrió dulcemente limpiándose el maquillaje de la cara: —Puedes ir a ver a mamá —dijo.

La enfermera la guio por un corredor aséptico y largo, las luces parpadeaban levemente, y esa duda luminosa resonaba extrañamente con la suya propia.

—Está en la habitación doscientos seis —dijo la enfermera—. Solo un minuto.

Elena abrió la puerta. Su madre yacía recostada en la cama con los párpados cerrados y la piel pálida bajo la luz blanca. Una venda envolvía su brazo derecho y livideces violáceas oscurecían su cuello.

Elena no dijo nada, pero lo supo de inmediato.

Avanzó hasta el borde de la cama. Le temblaban las manos. Se sentó. Acarició la mano de su madre. Por un segundo, solo uno, creyó que la mujer fruncía levemente el ceño.

—Mamá… —susurró, y el mundo pareció reducirse a ese pedacito de piel ubicado en el entrecejo de la cara de su madre—. Estoy aquí contigo.

Elena recordó entonces la playa, las historias, la tienda. Recordó a su madre, no como figura sólida y eterna, sino como mujer. Como alguien que, contra todo, la sostuvo. Que tal vez también deseó irse un día, como Eloísa, como ella, pero no lo hizo.

—Lo siento —dijo, sin saber si se disculpaba por haber tardado, por haber crecido o por no haberla visto antes.

Y entonces su madre, aún sin abrir los ojos, murmuró:

—Elena…

A Elena se le dibujó una sonrisa dulce, mientras las lágrimas, cómo salitre, le quemaban la cara.

Afuera, la noche ya se había cerrado por completo, y en el pasillo Nico gritaba que quería ir al fondo, sin alcanzar a entender que ya estaban en él.


A mi madre, Angélica.