Cuentos

El vientre de Puyehue

2026

Puyehue amanece empapado. El frío se afierra a las mantas como los pichiches. Aquí la gente se mueve despacio, haciendo de cada paso un esfuerzo por no hundirse, aunque lleven toda su vida moviéndose por las orillas de los mallines.

—Hay que cruzar en el wampo de ése para llegar al otro lado del bajo —dijo Ubaldo Vargas.

La casa de los Pailaquilén se ahoga por las paredes. El yeso se hincha y supura; se llena de ampollas y destila oscura agua. Aquí las sombras se alargan más de lo que deberían y la luz no alcanza el fondo. Hay un olor a ropa encajonada y mohosa, a madera que se pudre por dentro enferma. Uno entra y siente lo mismito que en el ñadi: el tiempo se le queda pegado en las botas.

—Grita para que se alejen —respondió Ilda Soto, refiriéndose a los cuervos de pantano.

Mi padre se sienta en el comedor. No habla. Tiene las manos sobre las rodillas y el pecho quieto, salvo por ese crujido que le nace adentro, como si cargara una tabla partida. Mira hacia la ventana, pero no parece ver más allá de la cerca. A veces dice que en la selva valdiviana hay árboles altos, que los ríos son más fríos que aquí y que allá fue feliz. Después vuelve a quedarse callado, sosteniendo esa madera rota que le suena por dentro.

—¿Todavía burbujea él abajo, Ubaldo?

—Siempre burbujea el bajo, Ilda. Es el gas de allá abajo.

—El hombre aquel también burbujeaba. Éste tenía los ojos muy abiertos para estar muerto.

—Se les llena el pecho de lodo rápido.

En la mesa nos arrejuntamos todos. Mis hermanas ponen los platos: Victoria los trae servidos, Clara reparte el catuto, Sofía mastica con el ruido en la boca e Isabel no levanta la cabeza. Aquí las mujeres nacen con el cuchillo bajo la lengua y el hambre de que la otra se muera primero. Nadie habla. El silencio se mete entre nosotros como se mete la neblina en los pulmones cuando uno se va a Santa Elvira atravesando el Mawidan.

—Es que saben que regresó hace poco, Ubaldo. Los de esa casa no creerán que se fue otra vez. ¿Y si lo vieron antes de que lo hundiéramos?

—Tranquila, Ilda. Nadie ve nada aquí con el cielo negro.

Isabel pasa los dedos sobre los mapas de España. Los toca como si fueran piel tibia. Recorre las costas con la yema del índice y se detiene en los nombres: Madrid, Valencia, Barcelona. Sus dedos se quedan ahí, quietos, como si esperaran que algo respire debajo del papel. A veces suspira. La niña grita desde el patio; Isabel no se mueve. El marido se le fue hace rato.

—¡Ubaldo! Oigo alguien golpeando el wampo por fuera.

—Son las ramas de las pitras.

De mi infancia solo quedan pozos: barro pegado a las pequeñas piernas, un sol pálido sobre Pomaire. Mi madre llorando junto a una verja cuando nos dejó, allá donde vivía con aquel hombre que hablaba fuerte y olía a cuartel. Después el cementerio: el aroma a dulce de las coronas nuevas, las flores pudriéndose al mediodía, la tierra negra metiéndose en las uñas, un pastor cantando. El hambre. Santiago fue otra sequedad. Trabajo pesado y duro pan. Allí recordé algo que me había quedado ahogado; salió despacio, como espina de puye vieja, y no dije nada.

—¿Crees que lo encuentren? El de Pilmaiquén, pues ese lo encontraron.

—No lo encontraron. Ése nadie dio para reconocerlo.

Pero Puyehue tira por el Chanleufú hacia adentro. Uno regresa sin saber cómo. Las calles se copian unas a otras, el puelche baja temprano, el techo gotea. La casa espera entreabierta. Llevo tres meses aquí, caminando por la casa y sintiendo que las sombras me rozan los hombros y me buscan el degüelle para hundirme. Mi padre sigue en la silla, mis hermanas siguen en la mesa, Isabel sigue tocando el mapa. Nada se mueve, salvo la solita humedad.

—Ubaldo, pero los billetes, míralos. La misma cantidad que le sacaste al otro.

—Es dinero, Ilda. Comes de eso. Si no me lo llevo yo, se lo queda el juncal.

He empezado a guardar mis cosas, que son pocas: una chaqueta, unos cuatro mil pesos en billetes doblados y un cuaderno. No lo digo. Nadie pregunta. Me iré antes de que el cielo claree, cuando aún esté negro, sin mirar para atrás. Me iré llevándome el wampo viejo de mi padre. No hacia Santa Elvira, sino por el otro lado del bajo.

Barca junto a la orilla


A mi padre, Abel.