Cuentos
El habitante
Desde que tengo memoria el Sr. Deliyore vivió frente a mi casa. Mi padre decía que era un hombre conocedor de la dialéctica, retórico y siempre convincente. Se sentaba en el jardín delantero con un libro sobre la Revolución o de aquel otro autor que tenía nombres de flores en sus títulos: Vargas Vila. Vestía los pantalones de mezclilla tan altos como un señor de su edad. Y cada año, el día de todos los santos, regalaba dulces con una enorme sonrisa. A John y a mí, nos daba raciones dobles para que nos quedáramos en su regazo.
Ya crecidos, esporádicamente, cuando su esposa, la Sra. Deliyore, se ausentaba, el anciano nos ofrecía pequeños trabajos: organizar papeles, agendar, hacer cuentas, acomodar libros o regar el jardín. Esto último era menos solicitado, pues le gustaban las labores hechas dentro de casa. Nos pagaba con yogures de cajas, empaquetados, galletas y cereales con leche que podíamos tomar de su despensa sin preocupación.
De niño, nunca entendí por qué el Sr. y la Sra. Deliyore no tenían hijos. Me enteré del motivo poco después, al escuchar a mi madre hablar sobre sus problemas de fertilidad. Recuerdo que mencionó la adopción, pero la realidad es que jamás los vi llegar a casa con un niño.
Tal vez se pregunten por qué escribo sobre el Sr. Deliyore. Ayer nos dieron la noticia: mi padre me despertó a las dos de la madrugada para decirme semejante estupidez, el anciano había muerto de un ataque de apnea del sueño. ¿Lo pueden creer? A llamarme a esa hora. Aparte, a tres días de que yo cumpla veintitrés. Aunque no se me notan, siempre me ponen mucho menos, como dieciséis. Es decir, que me veo como un niño. Lo que quiero decir es que estoy poco desarrollado del cuerpo. Pero volviendo, la pobre señora estaba descontrolada. Según la vieron los vecinos, tuvieron que contenerla para que no se lanzara desde el techo de su casa. Apnea, sí. Una palabra que tuve que buscar en la internet y que entendí por qué caminaba de un lado a otro de su casa con un mugido de buey ahogado.
Mi intención, sin embargo, no es conmemorar su muerte, mucho menos, sino dejar, si alguna vez se ve publicado, el último encuentro que tuve con el «convincente Sr. Deliyore» hace como siete años. Ha pasado el tiempo y observo aquello desde la distancia. A John se lo llevaron sus padres a España. Aunque estemos en el ecuador, para mí hay un largo invierno, pero no de piñas de pinos y bolas de nieve, sino como el de Yakutsk, la ciudad más fría del mundo. Desde que lo supe, ese dato por la tele, no he dejado de leer sobre sus habitantes.
Lo único que me queda por hacer es dejar este registro, antes de que mi memoria empeore y no pueda recordar nada. El culpable es una cosa que crece en mi cabeza, y por esa cosa estoy aquí. Según mi madre debo seguir aquí por lo menos tres meses.
Pero volviendo, hace años atrás estuve en la casa del anciano. Fui a documentarme por petición de mi madre, para una consulta escolar, sobre la guerra del 48 o del 50. «El Sr. Deliyore es una eminencia en estos temas» dijo mi madre. La verdad es que de eminencia no tenía nada. El asunto es que estaba yo sentado en su sala, una sucia sala del siglo pasado, esperando que la Sra. Deliyore trajera las cuartillas de la guerra:
El anciano estaba tumbado, cruzaba las piernas y extendía su brazo izquierdo sobre el respaldo del mueble, feo y viejo de piel de ternera. Me preguntó si había leído. Se le notaba en la cara que quería saber si había leído su tonto libro.
—No leí su libro. Leí una novela —le dije. Lo había herido, tenían que verlo, me estaba mirando. Había escrito un estúpido libro autobiográfico con las peripecias de su paso por el partido comunista en su juventud —por allá en el setenta—, del que entregó orgulloso a cada familia de la cuadra un ejemplar firmado por Navidad.
Asintió: —Eres libre, muchacho. ¿De qué va el tuyo? —guardé silencio—. ¿De qué va? —me dijo—. ¿No sabes? —guardé silencio—. Un ejemplo —y antes que nadie se apuró a decir—: ¿Has leído la historia del viejo que esperó más de cincuenta años por una mujer? —me preguntó sin mirarme, pasando el dedo sobre el lomo gastado de un libro grande.— Cincuenta y tres años, siete meses y once días. Eso es persistencia, muchacho. O desesperación. Toma, llévatelo. Y consíguete un cuaderno. Un cuaderno de pasta dura donde me vayas escribiendo lo que piensas.
Le dije: —No, gracias, la verdad no. Estoy en un problema. Tengo que entregar un resumen de la guerra del 48 o del 50, no recuerdo. Mi madre me ha mandado aquí a buscar cosas de viejos. Es viejo, quiero decir —y me apuré en agregar—, que sabe mucho de esa gente que mandaba en los pueblos a punta de plomo.
No me apetecía nada hablar de alguien esperando cincuenta años no sé a quién, para esperar estaba yo, pero la Sra. Deliyore no regresaba con las hojas y me tocaba calmar al anciano que tenía enfrente.
Me sentí enfermo de pronto. Me seguía observando cuando me dijo: —Cuarenta y ocho. La Violencia.
—Ah.
—El año de El Bogotazo.
—Ah, gracias —a mí qué me importa.
—O cincuenta y tres. El año en que los militares se tomaron el país.
No dije nada.
Luego me preguntó: —¿Es tu lectura?
—¿El qué? —le dije.
—La dictadura.
—No, mi lectura no va por esa línea —le dije. Bueno, no le dije literalmente, pero sí era un tema tonto—. Es un trabajo para la escuela.
—Eres muy inteligente —continuó, lo dijo de un modo superforzado, y empezó a resumir la historia sin que nadie se lo pidiera; o bueno, al menos yo no se lo pedí así—: Muchacho, si te cuento… un militar que llegó prometiendo paz y terminó divirtiéndose en la plaza de toros. Un dictador…
Sonrió un poco, lo suficiente para notarlo. Y soltó cada palabra con énfasis: —Tirano, desalmado y despótico. Formidable.
Me removí en la dureza de aquel sillón. Ya estaba harto de que me mirara tan de cerca; desde ahí podía verle los bultos y las venas marcadas en la calva. Le dije: —No sé qué es formidable en un dictador.
—Claro que sí, a ver… —se levantó de su mueble, y se adelantó a hacia donde yo estaba, sentándose en el brazo de ese sucio sillón duro como una brea y me dijo—: Su forma de vida… el control. Hay muchas cosas de las que goza. La capacidad de alinear las mentes y hacer que un país entero se pudra a su alrededor mientras ellos no se mueren nunca. Pero dejemos a los dictadores, muchacho. ¿Me dirás por fin tu lectura? A ver es fácil: eres joven. Se trata de comprimir una idea sencilla y emplear las palabras adecuadas.
—Claro —yo qué sé. No entendía a dónde quería llegar el anciano. Solo le dije—: ¿Tiene que ver esa cosa de la revolución de los partidos de la que hizo parte?
La verdad es que no me podía importar más la suerte de ese militar o dictador o lo que fuera. Ya estaba cansado y le interrumpí: —¿Y la señora?
Me volví a sentir enfermo. Me fijé en su papada con pelos y manchas. Desde abajo, la piel de sus manos parecía una membrana de murciélago apoyada en los huesos. Me pareció sentir el intenso olor a ropa húmeda y a ginebra de la habitación principal. Me pareció también que ese olor se me pegaba en la ropa.
Me dijo: —¿Mi señora? Ya aparecerá. Tu lectura: ¿a ver cómo se titula? —no sé si eso me alivió.
—La transformación —le dije. Lo estaba detestando. Detestaba que me llamara «muchacho», y le dije por decir algo como la gran cosa. Comencé a mirar hacia el pasillo por donde la Sra. Deliyore había desaparecido horas antes.
El anciano esbozó una sonrisa y me dijo: —Efectivamente, enigmático, dígame.
Sin saber qué hacer continúe: —Es la historia de un hombre que amanece convertido en un bicho gigante —le dije—. Un escarabajo. La familia lo encierra en el cuarto y le da asco. Pero en verdad los bichos son ellos…
Y mientras me embarcaba en esa retahíla que estaba a punto de lanzar, me sobó el pelo. ¡El anciano me sobó el pelo!
—¿Qué edad ya tienes, muchacho?
Me sobó el pelo y me levanté de aquel puerco sillón de un salto.
—Me tengo que ir —le dije.
—¡Regresa a tu asiento! —casi me grita.
Retrocedí: «regresa a tu asiento», sí, ahora. Regresará él. Me dijo: —¿Qué te pasa, muchacho?
—Tengo que irme, abra la puerta.
—¿Y su resumen?
—Tengo como dolor de brazo. ¡Abra!
—¡Cálmate! ¡¿Qué haces?!
No sabía lo que hacía. Saqué las flores del florero, luego las volví a dejar ahí. Lo mismo hice con unos botones en la mesa. La señora apareció de la nada en el pasillo de antes y me vio parado en medio de la sala.
—¿Qué tienes, cariño? —me preguntó.
—Tengo que tomar pastillas para no infartar —le dije. Era mentira.
—¡Cariño! ¡¿Tú tan jovencito?!
—Sí, Sra. Deliyore. ¿Sería tan amable de abrirme la puerta?
—¡Cariño! ¡¿Y las cuartillas?!
—Vendré luego por ellas. No sabe cómo es mi madre.
La Sra. Deliyore no me preguntó nada. Al salir por la puerta, el anciano estaba tumbado en el sillón de brea y me seguía mirando. La señora me acompañó hasta las rejas del jardín delantero, tal vez, con la esperanza de aclarar su mente, pero no le dije nada.
—¿Qué le pasa al chico? —le habría preguntado al volver.
—Qué voy a saber, mujer, enloqueció —habría contestado.
Salí de aquel lugar con un notable aire de derrota. Me dije a mí mismo que a mis quince años me faltaban las agallas que presumía tener frente a mis compañeros de clase, y la única forma segura de andar era seguir en la distancia. Me pregunté, además, si la Sra. Deliyore conocía de antemano el problema de su marido y no quería aceptarlo. Ahora que casi se tira del techo, dudo menos que lo haga.
