Crónicas · Poema-crónica
Los días de Fernanda
Ella
Me arrastra, como esas calles que uno sabe no debe tomar, pero igual. Me habla de libros, de los hombres que no la aman y de los tragos que sí. A veces cuando nadie la mira, me dice palabras que son una herida envuelta en servilletas de bar. Yo sé que no soy, ni seré y no importa, su amor es un sitio inhabitable, pero a mí me gusta vivir en los escombros.
Nombres que raspan
Hay nombres que raspan al decirse como bordes de vidrio en la boca. Me queda cerca. Su risa como un vaso de alcohol sobre la mesa, su forma de irse cuando se queda. Me dijo te amo cuando nadie mira, me dijo ojalá fueras tú con las manos sucias de otra historia. Yo la miro como quien mira un incendio al fondo de la noche y no hace nada. A veces pienso que nos queremos desde una herida vieja, que somos dos niños borrachos jugando a salvarse y perdiendo.
Bohemia
El bar detrás de la escuela se llama bohemia.
No es un buen lugar, pero ahí supe cosas; ahí Felipe y Rodrigo se pelearon por culpa de una cita de Churchland que no entendieron.
Ahí le dije te amo a Fernanda, sin pensarlo, sin quererlo, y ella rió con esa forma de reírse que te deja peor.
Me sacaron una vez por fumar donde no debía, cómo si ese fuera el verdadero problema.
La camarera se llamaba Laura y alguna vez me guiñó un ojo.
La güisquia barata me dejaba peor.
El frío se pegaba al abrigo y el humo hacía más denso el olor a invierno.
Era un sitio para ir a romperse no a salvarse, pero uno vuelve como vuelve el cuerpo a los lugares donde se rompió, porque hay algo de animal cansado en repetir costumbres y en dejarse estar.
Bohemia sigue ahí aunque todos se fueron y yo también, pero a veces paso y me detengo a mirar por si Laura por si Fernanda por si Felipe y Rodrigo por si acaso.
El bar a las tres de la mañana
El bar vacío es otra cosa.
Las mesas desordenadas, las servilletas usadas, el eco de una canción que nadie pidió.
Huele a cigarro viejo, a trago derramado, a conversación muerta.
El televisor sin volumen muestra un partido que no importa a nadie.
Laura limpia vasos como si no tuviera otra manera de sostener la noche.
Y en las esquinas se queda pegado el recuerdo de los que dijeron cosas que no debían, de los que besaron a quien no debían, de los que prometieron cosas que olvidaron enseguida.
A esa hora las palabras flotan despacio como moscas lentas, y uno se siente un poco más viejo un poco más solo, y sin saber por qué termina pidiendo un trago tibio solo para ver cómo se arruga el mundo en el fondo del vaso.
A F. B. C.