Crónicas · Carta
Mojada, terca, y llena de mí
11/07/2019
Ángeles,
Aquí estoy, otra vez. A esa hora en que los ruidos de la ciudad se vuelven fantasmas y solo queda el latido, duro y terco, de mi propio corazón. Y pregunto, Ángeles, con la voz rasposa de quien ha gritado en silencio: ¿vale la pena este vivir así? Esta espera que me arranca los segundos como si fueran costras, esta prisa que me empuja sin saber a dónde, estas ganas que se me trepan por las venas como una enredadera. Así, como quien en lugar de mirar el absurdo en una playa, lo mira en el vaivén de tus párpados, en la forma en que el sol te dibuja el pelo cuando te asomas a la ventana.
Contemplativo, sí, pero con un nudo aquí en el estómago que no me deja tragar. Existo en la periferia de tu ser, Ángeles, como un perro callejero que mira la luz de una casa y no sabe si ladrar o marcharse.
Dime si tú también esperas, si sientes esta misma quemazón en el pecho, este temblor que no es frío, sino urgencia. ¿O soy solo yo en mi mundo, aquí, con el cigarro quemándose lento entre los dedos, mirándote ser, inventándote, construyéndote a cada parpadeo? Necesito que me hables, Ángeles, que me escribas algo, lo que sea. Que se me quite de una vez esta pena que no deja nada bueno, que me va dejando los días vacíos como un balde agujereado. Estoy harto de esta incertidumbre que me muerde el alma como un animal rabioso.
Si estás, Ángeles, estoy aquí adentro contigo, te lo juro. En esta misma oscuridad, en este mismo desvelo. Como si la piel nos uniera, aunque haya kilómetros de cemento y ruido entre nosotros. Si no estás, está bien. Carajo, lo entiendo. Me quedaré yo y mis cosas, mi pila de libros desordenados, mi taza de café frío, y estas ganas locas de mojarme mientras llueve, hasta que todo este impulso baje, hasta que la fiebre se me pase. Y si no estás, qué bonito es verte ser tú misma, Ángeles. Decidiendo lo que quieres, tus ganas, la forma en que caminas por la calle sin importarte el resto. Tan dueña de ti, tan dueña de nada que te ate. Y yo aquí, mirándote ser, un poco asombrado, un poco herido.
Dame una respuesta, Ángeles. Aunque sea la que no quiero, la que no busco, la que me reviente la esperanza en la cara. Esto es como estar enfermo, con el cuerpo caliente y la cabeza doliendo, y pedirte que me tomes la temperatura, que me des una aspirina, que me digas si es grave o si solo es un resfriado. Y si es la que quiero, Ángeles, si es la que quiero, te juro que me dormiría tranquilo por primera vez en años. Pero si no, al menos lo sabré. Y de ahí en adelante, Ángeles, seré yo y esto, está herida abierta, hasta que se alivie un poco, hasta que me alivie del todo, hasta que el tiempo me cure o me mate.
Tengo que ir a verte. Quizás cambies cuando tú me veas. Cuando veas cómo te miro. Dulce, sí. Bella, siempre. Desde la distancia de este insomnio, con estas ganas brutales de amarte, de mojarme en tu mirada hasta que se me seque la piel. Tal vez entiendas, Ángeles, que no quiero ser tu dueño, ni tu sombra. Solo tu compañero en este mundo extraño. Solo alguien que te mire como si fueras milagro.
Entonces ya no estaré solo en esta carta. Yo ya te lo di todo. Y aquí se queda, Ángeles, como esta noche: mojada, terca, y llena de mí.
Con todo lo que soy,
—Manu
A M. D. L. Á.