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Observaciones sobre la rutina

2025 · Elías Navarro

Taza invertida

Elías Navarro

La voz del vecino

A veces escucho la voz del vecino. No entiendo lo que dice. Es solo un rumor, una cuerda gastada en la pared. Hay algo de consuelo en ese ruido. Saber que al otro lado alguien respira, rompe un plato, se queja, ríe. Como si su voz me recordara que no estoy del todo solo, aunque tampoco acompañado.

Bolsas de la compra

Las bolsas de la compra siempre suenan igual; un crujido húmedo que acompaña el regreso. Las manos frías, el aliento visible y un limón suelto rodando. A veces pienso que volver a casa es solo eso: cargar bolsas con lo necesario y un par de cosas inútiles al igual que su servidor.

Desayuno sin ganas

El pan de molde estaba duro, pero lo tosté igual. El café quedó fuerte y lo bebí sin azúcar. Nadie habló. Ella miraba el celular, yo miraba la ventana. Afuera un perro cruzó la calle sin apuro. Abrí un paquete de galletas y comí dos, después guardé el resto sin cerrar bien la bolsa. El día siguió como un pájaro viejo que se arrastra y nadie sabe por qué no termina.

Charla sin importancia

—¿Y cómo dormiste? —Más o menos.

Hablamos del clima, de un vecino que se fue del edificio. Ella dijo que la leche estaba cortada, yo dije que no importaba, que iría más tarde al super. Nos reímos sin convicción, hablamos de nada, como quien limpia sin barrer del todo la casa, pero en el fondo algo se iba con el lejano sonido de los coches.

Café

En la cafetería pegada al parque, allí, las mesas huelen a madera gastada y a pocillo recalentado. El tiempo parece detenerse en su figura habitual: la díptica espera entre el amparo y la intemperie. Adentro todo es quieto; uno entra para hablar de lo que es propio, para esconder las manos y ver el vapor subiendo desde el pocillo. Afuera, en cambio, la vida se queda abigarrada, calada, como el paraguas que se abandona en la puerta. La cafetería pegada al parque es, en definitiva, el tránsito por una pausa tibia, previo a claudicar, de nuevo, ante lo mojado.

Rutina mínima

Despiértese, pregúntese por qué: ignore la respuesta. Haga café, aunque no tenga ganas. Mire el pocillo, espere algo. Revise el celular, nada. Repita.

Sándwich tibio

Hoy pensé en cambiar mi vida, pero después me dio hambre y, al final, me hice un sándwich. También quise escribir un poema, pero se me cayó el esfero y me dio pereza recogerlo. Así que me quedé mirando el techo esperando que algo pasara, que llegara alguien. Destripe: no pasó nada. Y pensé: …así se va la vida entre casi decisiones y sándwiches tibios.

Soy de los que dejan

Dejar una carrera a medio camino, un cuaderno, un idioma, una llamada que después ya da vergüenza devolver. Dejar una amistad enfriarse sola. Una planta. Una promesa hecha con buenas intenciones. Soy de los que empiezan. Empiezan libros, rutinas, proyectos, mudanzas interiores. Y después desaparecen. Como los animales que oyen una rama romperse, como el caracol cuando alguien se acerca demasiado. Como si quedarme fuera peligroso. He abandonado amores, voluntades, pero también soy un abandónico de ideas. De versiones de mí, de futuros enteros. Un abandónico de mi familia. A veces pienso que he pasado media vida huyendo, o la vida entera porque he vivido apenas media. De los demás, algunas veces. De mí, casi siempre. Y, sin embargo, no porque crea ni porque haya encontrado respuesta, ni porque finalmente me haya vuelto valiente, sigo aquí. Con la extraña certeza, de: quedarse un poco más, aunque uno siempre esté pensando en irse.

Manual para no morirse de nada

Me dijeron que respire, que coma, que duerma, que salga a caminar, que llame a alguien; lo hice. Me dijeron que lea algo, que escuche música, que piense en cosas bonitas, que evite las noticias; también lo hice. Me dijeron que no piense en la muerte ni en el sentido de todo esto; fallé ahí. La muerte y yo nos mandamos mensajes de madrugada, nos pasamos memes de esqueletos bailando y chistes de epitafios. Ella me dice que no me apure, que ya vendrá, que todavía queda café y un par de martes vacíos. Así que sigo por joder, porque no hay gloria ni enmienda, pero hay el sonido del aguacero cuando cae y eso… por ridículo que sea, a veces basta.

Animal

Mi cuerpo huele a encierro, a miedo, a sudor guardado. El sexo es esto; un roce torpe, el sonido viscoso, el olor a axila, a cama vieja. Una boca que se detiene en el pliegue, en la marca, en la forma imperfecta, en la verdad sin retoque, y aun así hay un momento, un segundo donde todo ese desastre es hermoso; el acné, las uñas comidas, la barriga blanda, el diente torcido, el lunar oscuro, las piernas abiertas, el jadeo desprolijo y me siento animal, vivo manchado real y tal vez un poco menos solo.

Conocerte

Te vi cuando ya no eras joven. Nadie te dijo que había un límite, nadie te lo enseñó a pedir. Llenabas la casa de un orden prolijo. Ponías la mesa. Tu cuerpo se fue quebrando en días idénticos y en noches donde nadie volvió a buscarte. Los hijos no salvan, madre, eso lo aprendiste mirando el techo, y sin embargo, ahí estabas, entera en tu derrumbe, silenciosa en el amor. Hiciste lo que fue posible, y eso, madre, estuvo bien fue bueno. Lo demás fue el mundo y su ruido de fondo. Nunca te lo dije. No supe. Pero te vi, y en ese pequeño milagro te abrazo ahora con estas palabras que no cambian nada.

Cosas que ya no importan

Hay libros que ya no abro, nombres que no me pesan, canciones que dolían y ahora solo suenan. La hora en que debería dormir y no lo hago. Las promesas que hice y fui olvidando como se olvida una dirección vieja. Tantas cosas que antes eran el centro de todo y ahora apenas son ruido. Y me gusta este cansancio manso; esta manera de soltar, de no pelearme con nada, de dejar que la vida me pase por encima sin rabia como un río. Porque en el fondo nunca hizo falta tanto, solo un cuerpo, una voz, un poco de calma y un lugar donde quedarse quieto.