Otros · Microtextos
El animal cansado
Silvia Enebro
Lo que el polvo tapa
Limpié la casa: había polvo en los rincones del tamaño de una pregunta. Tiré unas facturas viejas, una receta, un boleto de cine de hace cuatro meses. Cuando terminé, las cosas no estaban donde antes, pero se acomodan. Se acomodan como si el suelo cansado de sostener las paredes que recuerdan no olvidar las devolviera a su sitio, a la fotografía. Mañana volverá el polvo. Volveré yo a barrer.
Asamblea absurda
El paraguas cerrado espera la lluvia. Una flor de plástico cree que es real y se estira al sol. El vaso vacío insiste en llenarse con aire. Yo observo esa asamblea absurda de objetos tercos y pequeños, y pienso que somos iguales: la piedra porque es piedra, el reloj porque tiene manecillas, yo porque alguien me puso nombre. A veces les hablo, les digo: «vamos» y ellos asienten a su modo. Y así… pasamos los días este ejército diminuto de cosas vivas. Y no tanto.
Iguales
Todos los días se parecen; el salero, la estufa, la hora… Un día se olvidará la fecha y otro ya no habrá ventana, y alguien dirá que fuimos felices o que supimos amar, pero nosotros sabíamos que solo era el mismo día una y otra vez, y que, a veces, al fondo se escuchaba como el animal cansado el miedo.
Cuerpo ajeno
Hay días en que la piel se queja y los ojos se hunden como si recordaran todo, el estómago arde como si llevara adentro una quemadura y me da miedo tocar mis rodillas, mirarme los pies. Hay noches en que no quiero estar adentro: ni en la carne ni en los huesos ni en la cara, pero sigo. Sigo porque no hay repuesto para este cuerpo y porque toca aprender a cargarlo con rabia, con ternura, a llamarlo mío.
Hollywood
Nadie dice que a veces duele… que hay olores mezclados con miedo y ganas de irse. Que los cuerpos se estorban. Que hay manos torpes y latidos mal puestos. Nadie dice que el cuerpo suda, que el vello incomoda, que hay silencios redondos, miradas a la cara y preguntas que no se hacen. Que el espejo del baño devuelve una imagen que no coincide con la de la cama. Que después no siempre hay ternura, sentido, abrazo, –solo la ropa apurada y la incomodidad de ser lo que se es, pero igual uno vuelve al cuerpo porque es todo lo que se tiene, y porque a veces, la piel ajena es el único lugar donde una se siente viva.
Cuerpo que sabe
Él está en mis manos cuando tiemblan, en la carne que ya no arde, en la boca cuando se queda muda. Lo siento en la humedad que deja la noche, en la sábana, en la grieta que cruza mi espalda. Una vez me tocó y era como si todo se soltara; el hueso, la saliva, la palabra. A veces me mira desde el espejo, otras me lame los talones cuando no quiero dormir. No sé si es dios y no me importa demasiado, porque sé que viene, que habita, que espera, y que un día va a vaciarme por dentro, como se vacía una copa, un cuerpo, un nombre.
Sin saber cuándo
Un día te das cuenta de que el vestido te queda raro, que la palabra amor suena extraña, que las manos ya no saben acariciar igual. Y sigues pagando cuentas y encendiendo la luz, como si no fuera verdad, pero lo es. Nadie te dice cómo se lleva eso. Solo aprendes a mirar por la ventana un poco más largo, a dejar que la tristeza se siente un rato, porque al final qué otra cosa.
De algún modo
De algún modo todos los días son el mismo: el mismo café por la mañana, la misma silla, el mismo cuerpo que no se termina de despertar. Y, sin embargo, algo se mueve, mínimo, una respiración, un color que antes no estaba, la palabra que se cuela y dice: «vida». La tristeza sigue ahí, quieta: como el perro viejo al lado de la cama, pero le acaricio la cabeza y salgo, aunque llueva, porque hay algo que me empuja y porque de algún modo, a pesar de todo, es hermoso seguir aquí.
