Ensayo · Aforístico

Los demodexitas secretos de mi rostro

2026

Espejo de mano

Parte I: La cara no es de uno

Miércoles (sin hora)

Debe ser esa manía de buscar en libros o por el aburrimiento de noviembre, pero el otro día me dio por mirarme de cerca al espejo y sentí una distancia rara. Era algo físico. Una intuición extraña de que la cara que me miraba no era del todo mía.

Resulta que leí un texto —creo que de entomología— sobre los Demodex. Ácaros. Seres microscópicos de ocho patas, ciegos, sin un sistema nervioso central complejo. Viven en los folículos, se alimentan del sebo de la nariz, de la frente, copulan por las noches y se mueren acumulando sus propios deshechos. Y no hablo de dos o tres. Son una colonia.

Miles de organismos comensales habitándome sin la menor noción de mi existencia. Sin saber que soy un hombre, que tengo un nombre, que pienso, que escribo esto. Y lo ridículo es que yo tampoco sabía de ellos.

Traté de seguir el día normal, pero la idea me quedó rondando. Era una sensación incómoda, casi humillante en su cotidianidad: no soy el único inquilino de mí mismo y tampoco tengo el control.

Pensaba en la indiferencia de esos bichos mientras caminaba por la calle. En su ceguera absoluta. Y es inevitable no mirarse desde arriba y pensar que no hay gran diferencia. Uno va de un lado a otro, trabaja, se reproduce, envejece y se muere en una escala física que tampoco entiende. Nos creemos el punto culminante, la cabeza de la evolución, pero basta un microscopio para ver que se es apenas un sustrato para formas de vida que no saben que existo, y aun así tampoco sé sus nombres.

Me pregunto a veces sobre qué superficie colosal estamos parados nosotros. ¿Quién nos contiene mientras tomamos decisiones? ¿Sobre qué rostro colosal vivimos?

La comparación es brutal: El ácaro ignora mi biología y yo ignoro la mecánica del universo. La vida, entonces, no es una narrativa heroica, es una superposición de ignorancias. Puros hábitos. Conciencia atrapada en carne, ácaro sin conciencia atrapado en sebo, y ambos, probablemente, contenidos dentro de algo más.

Yo no soy únicamente mío, eso me aterró y, sin embargo, pienso, reflexiono. Me observo con la absurda y ridícula capacidad de saber que existo mientras ellos viven, follan, mueren y se disuelven en mi cara sin nunca haber sabido de mí.

Me quedó un mal sabor de boca después de leer eso.

Parte II: Relojes atómicos y basura microscópica

Viernes (11:25 - en la media hora de descanso)

No sé cuántos días han pasado desde aquella mañana frente al espejo. ¿Una semana? Da igual. Para mí nada ha ocurrido fuera de lo normal —la misma rutina, el trabajo, las horas…—, pero en mi cara se sucedieron varias generaciones. Vidas enteras gastadas en secreto mientras yo revisaba correos y metía prompts a Claude.

Ayer me descubrí rascándome la nariz sin pensar. Un gesto idiota. Pero en ese roce probablemente aplasté a toda una familia, un linaje completo que nació y murió en el lapso de un par de días de mi vida.

Pensé en ellos: en sus 18 días de existencia. Un ciclo apretado, breve: infancia y vejez. Todo comprimido en lo que para mí es apenas el tramo entre un pago y el otro.

Y la misma idea volvió a darme vueltas: ¿y si eso mismo me ocurre? ¿Qué soy yo respecto a lo que me contiene? Si mi cara es un universo para ellos, ¿qué es este cuerpo? ¿Y el cosmos respecto a mí?

Uno vive neurótico con el tiempo. Los relojes atómicos, las fechas de entrega, los commits, los cumpleaños, esa manía de medir los minutos como si registrar el paso del tiempo fuera una prueba de que de verdad existimos. Ellos no cuentan nada. Ocupan su margen. En cierta forma eso los libera: de las propias preocupaciones del hombre.

Desde que leí sobre los Demodex no me quito de la cabeza la sensación de que alguien o algo nos mira desde más arriba. Una conciencia a la que le parecemos exactamente eso, como yo los veo: criaturas ciegas, breves, confundidas, que se mueven sin saber en qué parte de qué están.

Si mi vida de 80 años fuera como la de ellos, ¿cuánto representa eso para ese otro observador? Tal vez, un parpadeo.

Me sentí triste al pensarlo. No por ser insignificante, sino por la belleza imposible de no poder capturarlo todo. Todo pasa, y lo que creemos eterno no es más que un eco ralentizado de otra velocidad. Mi vida no es larga, solo sucede más lento que la de ellos. Así como la vida del cosmos sucede más lenta que la mía. Creemos que el tiempo nos pertenece, pero le pertenecemos; somos hijos del tiempo y habitamos nuestra época.

—•—

Sábado (sin hora)

Esta mañana me levanté y me quedé un largo rato mirándome la piel bajo la luz blanca del baño. Sabía que en esos pliegues de la nariz y de los párpados había nacimientos y funerales. No me dio asco pensarlo. Más bien una fraternidad extraña: porque por primera vez en mi vida, sentía que compartía algo con ellos: la fugacidad. Yo, que pensaba tener tiempo, solo duro un lapso un poco más largo que el de ellos. Pero es un lapso al fin.

Parte III: Diez milímetros por hora

Martes (10:31)

Anoche, después de un día pesado en el trabajo, pensé en la maratón. En la de ellos.

Los Demodex.

Para mí, tocarme la frente es un gesto de un segundo. Para ellos esa superficie es basta. Los imaginé ahí, en la penumbra, cuando el cuerpo se relaja y la piel se vuelve un terreno transitable. Saliendo del folículo cálido para enfrentarse a la inmensa planicie de mi cara. La imaginé como un desierto lunar. Leí que avanzan a unos diez milímetros por hora.

Y me quedé pensando si yo alguna vez he emprendido un viaje así. Si he salido de algún sitio sabiendo que muy probablemente no voy a regresar, empujado solo por la remota posibilidad de encontrar algo —o a alguien— en el otro extremo.

Porque ellos lo hacen sin rumbo, arrastrados sin consciencia por un instinto sobre esta masa inabarcable de mi epidermis. Tiene algo de trágico, de sublime y de conocido al mismo tiempo. Yo también he tenido esa sensación de estar expuesto en mitad de la intemperie, sin referencias claras de hacia dónde caminar, pero con la certeza de no poder quedarme.

Ellos se mueven para comer, para copular, para sostener la especie. ¿Y uno? Uno hace exactamente lo mismo, pero se le suma el peso de la neurosis: moverse por miedo a quedarse estancado, por esa ansiedad sorda que no te deja tranquilo; que marcharse termine siendo igual de absurdo que quedarse.

Ellos no tienen la idea de que caminan sobre un rostro humano. ¿Y yo? —Lo sé, he perdido la cabeza—. Reitero la misma pregunta: ¿sobre qué depredamos? La ciudad, este país, el planeta… ¿Sobre qué se extienden?

Al final no somos más que exploradores ciegos e involuntarios, cada cual apretado en su propia escala. La distancia que separa a un folículo de otro no es muy distinta a la que separan dos estrellas: una brecha incomprensible, pero de noción inevitable.

—•—

(19:44)

Esta tarde salí a dar una vuelta por el barrio, la de siempre. Por un momento me sentí un ácaro más, avanzando sobre una superficie que me supera por completo.

Supongo que hay un impulso terco en cualquier forma de vida, sin importar el tamaño, que nos empuja a desplazarnos sin entender muy bien la razón. No somos otra cosa que eso: viajeros lentísimos, empecinados en atravesar distancias que jamás vamos a alcanzar a comprender.

Parte IV: El tráfico en los labios

Jueves (22:17)

Estoy en el bus de regreso a casa.

Hoy tuve una salida tranquila con mi pareja. Caminamos por la plaza, y después de comer, fuimos al oriente por las calles ilustres y entramos en una tiendita de segunda mano. Hicimos otras cosas. Y la cabeza se me fue hacia el tema del afecto: ¿qué ocurre realmente cuando dos caras se juntan?, ¿cuándo se abraza a alguien? ¿Será para esa población un choque de placas continentales?, ¿o un cruce de mundos? ¿Un canal de paso?

Viéndolo bien, cada persona es para ellos como un planeta independiente. Con su propia temperatura, sus niveles de grasa, sus texturas, su gravedad particular. Y cada roce entre pieles es la posibilidad de una migración. Los más arriesgados —los que terminan pasando de un cuerpo a otro en un beso, una caricia o la punta de un pelo— vienen a ser como una suerte de viajeros interplanetarios: los que ahora llamo extrapersonícolas. Exploradores forzados que, al cambiar de cara, dejan atrás lo que conocieron.

Sin despedidas, sin rituales. Simplemente el trasbordo. Cargando en sus patas la memoria genética de la piel que abandonaron, de la cara anterior.

No celebran la llegada ni entienden que han cruzado. Al igual que nosotros no entendemos ciertas cosas. Nos saludamos, nos abrazamos, nos acostamos con alguien, ignorando que no solo estamos intercambiando fluidos, sino moviendo poblaciones enteras. Que los Demodex, sin saberlo, son los que terminan conectándonos a un nivel casi físico.

Tanta literatura que le metemos al amor, a la intimidad, a eso de «compartir la vida», y resulta que la integración ocurre a un nivel mucho más sucio y concreto. Somos estaciones de paso. Puentes para seres a los que no conocemos, pero que nos necesitan para subsistir.

Da cierto escalofrío pensarlo: que el afecto, la lujuria, el rechazo o el simple apretón de manos sean rutas de paso. El tráfico más antiguo y discreto de la historia.

Al final como que no somos tan independientes ni tan aislados como nos gusta creer. No hay tal cosa como el aislamiento. Incluso en los momentos en que uno se siente más solo, alguien —algo— nos está cruzando.

La vida, entonces, no es esa narración consciente que nos inventamos, sino este ir y venir de materia, esta superposición de superficies donde uno es, al mismo tiempo, el hogar, el puente y el camino.

Parte V: Debajo del acné

Lunes (sin hora)

Por petición de la empresa me desplacé a mi ciudad natal costera por tres días. Ahí caminé como un kilómetro por el malecón, mirando los cormoranes tirarse al agua, y al final de la tarde me trepé a una loma baja para ver caer el sol sobre la playa. Al igual que esta ciudad hecha de aluvión, que este país que habito, llevo semanas cambiando la manera de mirarme. Mi cara: habitada por vidas con todo su drama.

Me dio por pensar que la piel solo funciona como un límite para el que se siente y se piensa aislado del resto. Si me asumo como un territorio, este cuerpo no me encierra: me extiende. Encima de mí hay una sociedad que respira. ¿No hay algo casi sagrado en eso?

De golpe lo entendí de otra forma: no estoy infectado ni invadido. Es duro reconocerlo. Estoy habitado. Y ese matiz lo cambia todo. Traté de reconciliarme un poco con las marcas viejas, con las manchas que me dejó el acné, con las zonas resecas de la nariz y las raspaduras de mis codos. Hoy, al mirarme al espejo, no puedo solo verme a mí, veo a ambos.

Parte VI: Morirse sin velorio

Domingo (12:39)

Llevo días pensando en cómo terminar este ensayo. Pero hoy tengo la respuesta: ninguno de esos bichos sabe que se va a morir.

Y, sin embargo, se mueren. Todo el tiempo. Sin velorios, sin tragedias, quizás sin enterarse siquiera de que en algún momento estuvieron vivos. El cuerpo se les seca ahí mismo y se disuelve en la misma grasa que los alimentó. No hay lápidas, no hay luto. Apenas una muda más, una cáscara vacía que el agua de la ducha se lleva por el sifón sin ningún dramatismo. Y me dio por pensar que me va a pasar exactamente lo mismo. Nos moriremos así: como parte de un ciclo biológico común y corriente, sin nada de sublime ni de trágico. Un desprendimiento lento de la carne y, al final, sin entender muy bien qué significó haber estado aquí.

Se me vino a la mente la gente que se suicida. Esos que toman la decisión por miles y, al apagarse, provocan de golpe el cataclismo entero de su propia población. Un fin del mundo privado.

Nos fascina la idea de planear el adiós. Dejamos papeles firmados, testamentos, claves de acceso, notas breves. Pero cuando llega la hora de la verdad, nadie nos acompaña a ese lado. Uno se muere solo. Igual que los Demodex. Con el tiempo detenido y el cuerpo transformado en una carcasa que ya no le pertenece a nadie. Aun así, hay algo tranquilizador en que el final sea una cosa tan neutral. Los ácaros no saben que se murieron, tampoco supieron que existieron, no sé cómo será eso y, sin embargo, estuvieron ahí. Ocuparon su lugar.

De pronto con eso basta. Yo también existí, me rasqué la nariz una tarde cualquiera, me quedé mirando el jabón en el lavamanos, le di vueltas a todo esto un noviembre, y lo más seguro es que nadie se acuerde de nada de esto después.

Y eso, al igual que la última muda, no es más que un rastro invisible que se queda flotando en alguna capa del tiempo.

FIN.