Ensayo · Dramático
Plática con el Dr. Frank J. Malbrecht
Y la paradoja de los intelectuales
Café «Zugzwang», Bogotá D. C.

[Inicio de grabación a las 20:09 hora]
MALBRECHT:
[…] Saqué el título en el 75. Sociología. Veinte años tenía. —eso pida usted, aquí ya saben lo que quiero, siempre pido lo mismo— Nacional, ¿eh? Cinco años sin la maquinita esa. Perdón. Cinco años en los que uno se quedaba trabado con un autor y ahí se quedaba, trabado, hasta que… hasta que el cerebro cedía. Ahora no.
VEYLA:
Está grabando —sí, sí, ahí— Perdón, siga. Yo creo que sí.
MALBRECHT:
Sí, sí, deje. [bebe] Le decía. No es una opinión, es una observación: a los que empezaron el colegio con esto ya metido en los bolsillos, les va a ir mal. Mal de la cabeza.
VEYLA:
Doctor. —sí, aquí, gracias— Perdón, seguía. ¿Usted de verdad cree que no hay forma de que se adapten? ¿Que aprendan a usarla sin que…
MALBRECHT:
No. No hay quiebre. Eso es lo que no entienden. Para que haya pensamiento tiene que haber quiebre primero. Quiebre en el proceso de pensar. Un palo en la rueda. Si no hay palo, no hay… no hay nada. Van a ser muy eficientes y muy vacíos. Mire lo que digo. Va a haber menos genios. Muchos menos. No habrá quien los reemplace.
VEYLA:
Yo no estoy tan segura, doctor Malbrecht, insisto en que depende de cómo…
MALBRECHT:
Discúlpeme un momento.
[ruido]
MALBRECHT:
Ya, ya. Le decía: no es la máquina. La máquina es lo de menos. Es que ya nadie aguanta ni un poco de incomodidad. Ni un poco. Eso es lo que mata. La comodidad mata más que cualquier guerra, se lo firmo yo.
VEYLA:
[Anota algo] Entonces no es la tecnología la que tiene la culpa.
MALBRECHT:
La culpa —me dejan fumar aquí, sí, aquí puedo— la culpa es del capitalismo, del salvaje capitalismo, de que todos aprendimos a pasar por encima. Eso viene de ahí. La máquina solo… solo lo hizo más rápido. Más cómodo. [inhala] No hay valores, Veyla. Ninguno. Y el que le diga que sí los hay le está mintiendo o se está mintiendo a sí mismo, que es peor. Entiéndame, aunque podamos escribir sobre cómo usar correctamente la máquina, está lejos de la práctica, conocer cómo usarla es solo eso: conocimiento.
VEYLA:
¿Entonces no hay salida? Según usted… Ya, pero —doctor, espere— si no hay salida, ¿entonces para qué todo esto? ¿Para qué la cátedra, para qué estar aquí sentado hablando conmigo?
MALBRECHT:
No hay. No hay, no hay. [mira el cigarrillo] La humanidad está en un punto… de inflexión. Un punto. No creo en el idealismo, a mí no me convence, los datos no lo demuestran.
VEYLA:
Yo necesito entenderle bien, porque si usted dice que como sociedad no podemos cambiar nada, entonces vamos derecho al fracaso. Mire, yo no le estoy pidiendo que sea optimista. Le pregunto si de verdad cree que no hay nada, nada que hacer ¿No cree que darle más valor a la comunidad es lo que le falta?
MALBRECHT:
[risa corta] Mire. Todos sabemos que la guerra trae sufrimiento. Todos. Y aun así hay gente que la quiere. La diplomacia no puede… nada contra eso. Gritan “no a la guerra” y por dentro… por dentro están alimentando el odio. Yo mismo. Ahorita. Hablando con usted. Lo estoy alimentando.
VEYLA:
Eso que acaba de decir… espere. Eso que dice me deja… me deja mal, de verdad. Está diciendo que la autodestrucción es algo que llevamos adentro, pero se le olvida algo importante: la agencia de la gente. No estamos condenados a seguir la corriente. ¿Cómo no va a creer que hay espacio para resistir, aunque sea un poco?
MALBRECHT:
Hablo con decoro, juzgo, reflexiono, y aun así el mundo me arrastra igual que a cualquiera. Igual que a usted. —sí, señor, gracias, con gusto— Perdón. Todos movemos las piezas en este tablero y todos usamos los atajos que hay. La diferencia entre usted y yo es que yo lo reconozco.
VEYLA:
Yo no soy igual que usted, doctor Malbrecht. [pausa] No.
MALBRECHT:
Particularmente contra usted no tengo nada, personal no es. Yo llevo la vida que llevo, eso ya se sabe, no es secreto. Es mi… mi marca. Hablé de la inflexión, de que ya no hay genios, y lo digo mientras me sirvo del banquete. Ahí mismo, sirviéndome.
VEYLA:
[se ríe] Entonces no es distinto de lo que critica. Pero dígame: ¿de qué le sirve saberlo, si no lo usa para salir? ¿O es peor todavía? ¿Hay algo de humano en usted en toda esta conciencia que dice tener?
MALBRECHT:
El único valor… [se ríe, tose] …el único valor real es el disfrute. Mental, físico, da igual. Usted cree que porque entiende el problema se salva de él — no. No se salva nadie. [bebe] Nadie se salva. [silencio] ¿Me está grabando eso también? Y no crea que se sale acompañado, del otro lado siempre se está solo. [bebe, tarda en seguir] A los quince, dieciséis años, ya usaba los atajos que había en esa época. ¿Por qué iba a dejar de hacerlo ahora que hay más? Forcé la cabeza igual, eh, no tengo quien me compita. Y ahora, con lo que tengo encima, ya sé lo que hay debajo de la gente, lo oculto, y le digo con toda honestidad: ya no me interesa hacer el esfuerzo que hacía de joven. Para qué. Ya gané lo que tenía que ganar. Se resume en eso: ganar el puesto y ver pasar la vida. [silencio largo]
VEYLA:
No. Discúlpeme, de verdad no le entiendo. […] ¿Para usted no hay ni una sola razón, ni una, para tomar el camino bueno?
MALBRECHT:
Yo mido mis palabras. Esto no lo decidí yo, esto es lo que dejaron los sistemas, este es el resultado histórico de las elecciones que tomamos como raza; generación tras generación, todos empujando para el mismo lado. Nadie toma el camino que usted llama bueno, nadie lo va a tomar. Entiéndame, yo estoy en esto, mi palabra pesa, cualquier idiota puede hablar dos horas seguidas pero que lo escuchen es otra cosa. [pausa, se ríe] Así que como hablamos en los salones del funcionalismo, del interaccionismo simbólico, así hablábamos antes en los bares y en las piernas de mujeres jóvenes, bajo el sopor del trago. No hay nada bello en lo que hacemos. ¿Ha leído usted mis libros? No lo creo, no me lo parece. No estaría preguntando tales cosas.
VEYLA:
No. Discúlpeme, doctor Malbrecht, pero con esto último… no. Cerró el círculo de una manera que de verdad me aturde. Me ofende, si quiere que se lo diga así de directo. [pausa] ¿Cuál es su motivo? Dígame. ¿Por qué me confiesa todo esto a mí? Cree tener una verdad que solo usted conoce. Su cinismo es palpable.
MALBRECHT:
No, no. No me quejo. Es justo lo que busco, esto que está haciendo usted ahora. [la mira] Vuelva a sentarse. Se lo pido. No se vaya todavía, apenas… apenas esto empieza a hacerle efecto. [silencio] Le voy a contar algo. Una anécdota. Del colegio, del profesor de ética que tuve —espere, no se pare— que no calificaba. A nadie. Nunca.
[silencio]
MALBRECHT:
Decía, en sus palabras, que su vida entera era una traición a lo que enseñaba. Entonces qué hacía: se sentaba, miraba el reloj, y salía a cobrar el sueldo. Eso. Nada más. [se ríe, tose otra vez] Le agradezco. Pensé mucho en ese hombre, mucho, cuando terminé la escuela. Era honesto. Honesto de verdad. Y aun así nunca renunció, y ningún alumno lo denunció jamás. Había un acuerdo. Entre todos. Tácito. Nos convenía a todos. ¿Me entiende eso?
[ruido]
MALBRECHT:
Usted encuentra la misma mirada estéril en todo lo que he publicado. Eso dice usted y su gremio ¿No? Porque a eso se llega, naturalmente, es lo único verdadero. La civilización, toda, es una tragedia, eso no lo invento yo. Lamento que se vaya a ir con una idea equivocada de mi persona. [pausa] Como el testigo de un accidente. Yo no tengo que cambiar el resultado. Ni que caerle bien. Solo… documentar. Con la mayor fidelidad que se pueda. Mi obra es una realidad irrefutable.
[ruido. Vuelve la voz de Malbrecht]
MALBRECHT:
—no elimina la agencia, eso no lo elimina, escúcheme. [ruido de fondo, alguien ríe fuerte en otra mesa] Si va a escribir algo sobre mí, sobre lo que hago, quédese. Es eso lo que quiere, ¿no? Una buena historia. Bueno. La agencia de la que habla usted no existe como cree. Le respondo, si me deja: todos somos dueños de nuestra propia hipocresía. Todos. Es regla del que teoriza sobre la conducta alejarse de lo que analiza, porque no soporta verse ahí metido. El que idealiza pone reglas bonitas, condena lo que está mal, y lo vive escondido. Yo no. Yo lo digo. Mi postura es esa nomás: reconocer que el hombre es egoísta, así de simple.
[bebe, tarda]
MALBRECHT:
El cambio, el progreso, eso no va contra la agencia, al contrario, la confirma. Uno se adapta, uno decide, pero por beneficio. Propio o de grupo. Por ambición. Por quitarle el puesto a otro. Nunca por ideal, aunque uno se lo disfrace así. Los golpes de estado —ahí tiene, ejemplo perfecto—, la revolución de un día, al otro se vuelve establecimiento. [pausa larga] Mire. Cuando alguien protesta, un activista, uno solo o un grupo, por lo que sea, el hueco de ozono, la guerra en oriente, lo que sea, en el fondo, aunque no lo reconozca, aunque se lo niegue a sí mismo primero que a nadie, está buscando una recompensa. Personal. Va más allá del ideal, eso. Busca que lo reconozcan, que le den la razón. Quiere que lo escuchen, que lo vean, y después, con suerte, prestigio. Un premio. Un puesto. O más sencillo todavía: la gratificación de sentir que uno hizo lo que creyó correcto y que otro lo vio hacerlo, y separarse así del que no hizo nada, aunque el esfuerzo, al final, no generara resultado. En este caso, en que el sujeto se esfuerza se convence de que el esfuerzo tiene un peso moral propio, pero no…
VEYLA:
[lo mira un momento] Eso último no se lo acepto, doctor. Que el esfuerzo no tenga valor propio. Porque entonces… entonces da igual quién se esfuerce y quién no, da igual quién llega y quién se queda en el camino, y eso no puede ser, eso no puede darle igual ni a usted.
[ruido]
VEYLA:
Usted entonces no está hablando de una realidad justa, habla de una fantasía que lo reconforta, que le sirve para evadir la responsabilidad y no sentirse incómodo por las desigualdades del mundo, dígamelo, pero yo he visto gente esforzarse — de verdad esforzarse, no lo que usted llama esfuerzo— y ese esfuerzo sí cambia. Cambia a la persona, aunque no cambie el resultado, y usted mismo lo dijo hace un rato, que el cambio confirma la agencia. ¡Entonces admita que hay agencia! No puede tener las dos cosas, doctor, no puede decir que todos actuamos por interés y al mismo tiempo que nada de lo que hacemos importa.
[pausa corta]
VEYLA:
Y no le voy a negar el capitalismo, ni el individualismo, ni la trampa. Eso lo sé. Pero usted arranca de ahí y llega hasta donde ya no hay salida y en el medio se le perdió la gente que sí resiste, esas miles de vidas, todas, sucediéndose en total anonimato. Usted dice que hasta el activista busca la recompensa personal — está bien, a lo mejor algunos sí — pero yo prefiero, prefiero mil veces, creer que hay alguien ahí afuera que lo hace sin esperar nada, aunque a usted eso le suene ingenuo, aunque me lo diga con la cara. Prefiero eso a vivir setenta años pensando que todo es sórdido en el fondo. Eso no es debilidad, doctor. Eso es una decisión. Yo decido creer eso.
[silencio]
MALBRECHT:
¿Sabes, Veyla? Yo tuve un amigo así. De joven. En la universidad, los primeros semestres. [se ríe corto] Pilbrant. Leía todo, todo, en una noche se despachaba lo que a mí me tomaba una semana, y encima lo entendía mejor. Un genio, de verdad, no como uno dice por decir. Yo al lado de él era… era lo que soy. Lo que usted ve.
[ruido de vaso contra la mesa]
MALBRECHT:
Un bus. Un jueves. Ni siquiera iba a ningún lado importante, iba a comprar cigarrillos, creo, no recuerdo bien, y un bus. Así. [chasquea los dedos, o por el sonido se asume] Y yo seguí, porque a mí también me tumbó ese bus. Presenté el examen esa semana, y seguí. Terminé la carrera. Publiqué. Aquí estoy, setenta y un años, hablando con usted de que ya no hay genios. Y tiene razón la frase, ¿sabe? No hay. Se murió el que había.
MALBRECHT:
No me mire así. No. Ni falta que hace. Solo… [se detiene] Pilbrant no hacía trampa. Nunca. No necesitaba. Creo. Y yo sí, se lo he dicho, y yo estoy aquí, y él está donde esté, que es en ningún lado. Eso no tiene arreglo con ningún argumento suyo, Srta. Veyla. Ningún argumento. Yo llevo cincuenta años preguntándome por qué el orden salió así y no al revés, y no hay respuesta, así que deje, usted, de esperar que la haya.
VEYLA:
Doctor Malbrecht…
MALBRECHT:
No. No diga nada. [pausa] Ya sé lo que es. Ya sé lo que se le nota en la cara. No hace falta que lo diga usted tampoco.
[Ruido]
[Minuto 77:03 del registro: se captan tres detonaciones. Los 16 minutos restantes contienen voces externas, pasos, y ruido ambiente de la escena. Duración total del registro: 1 hora 34 minutos]
[La grabación se corta abruptamente.]
[FIN DE LA TRANSCRIPCIÓN DISPONIBLE]
—•—
[Nota del informe: cinta recuperada de la escena, catalogada bajo el expediente “Caso Andrea S. Veyla y de Frank J. Malbrecht
Según testigos un hombre de complexión delgada, vestido de negro, con corte de cabello estilo mohicano —posteriormente identificado como Alexis Sánchez Aranda— ingresó al café «Zugzwang», caminó directo hacia la mesa 19 sin mediar palabra, y efectuó los disparos. El sujeto no intentó huir: tomó asiento en una mesa contigua, y permaneció en actitud pasiva hasta la llegada de las autoridades, momento en el que fue detenido sin oponer resistencia.
El móvil del doble homicidio permanece bajo investigación.]
—Fin del documento—